Trinta Lumes – Vida, muerte, tradición y naturaleza

RECOMIENDO ver la película antes de leer este artículo para así no destripar nada que pueda afectar a vuestra experiencia al verla.

El otro día me surgió de forma inesperada la oportunidad de ver una pequeña película documental sobre la zona de O Courel, en Galícia, titulada Trinta Lumes. Además de ser la zona en la que nací, también me llamó la atención el hecho de que su directora, Diana Toucedo, hubiese estudiado en la misma universidad en la que yo inicié mi grado de Comunicación.

Tenía pensado elaborar y publicar esta reseña en unas cuantas semanas, cuando tuviese el tiempo necesario para escribir algo verdaderamente digno de este documental. Pero pocos días después de verla en un pequeño cine asociativo de Sant Feliu de Llobregat, en una muestra en la que tuvimos la suerte de recibir la visita de la propia Diana y la directora de fotografía, Lara Vilanova, me dio por mirar si la película tenía alguna crítica en IMDb, la famosa base de datos de películas. Concretamente pude encontrar una escrita en inglés, y era negativa. Esto me hizo cambiar el plan previsto y escribir acerca de lo que pude leer en esa reseña anónima.

Este artículo no solo se basa en mi experiencia al ver la película, también sirve como respuesta a las palabras que esa persona usó para definir a Trinta Lumes.

 

El estilo y lenguaje de una obra viene determinado por aquello que se quiere expresar

Siendo más específicos, todo empieza con el título que encabeza su valoración y que la define como “pretenciosa y muy lenta“. La segunda parte de esta frase es cierta, aunque no como algo peyorativo, tal y como veremos más adelante. Lo que me parece más interesante es la primera parte, que describe a la obra de Toucedo como algo pretencioso, cuando precisamente es lo opuesto a ese concepto.

El término pretencioso se puede definir como “Que presume y alardea de sus cualidades o pretende ser algo que no es“, es decir, cuando una obra, en este caso un documental (con un ligero toque de ficción), es deshonesta con aquello que intenta mostrar y expresar, con el solo objetivo de impresionar a la audiencia o ser más trascendental de lo que realmente es.

Obviamente no vamos a entrar en una discusión acerca de si se puede juzgar una obra, ya sea de cine, literatura o música, de forma objetiva o no. Eso lo dejamos para otro artículo. Pero acuñar precisamente ese término para describirla me parece erróneo e irrespetuoso hacia la directora y su trabajo. Esta te puede gustar más o menos, pero si algo define a una buena obra documental es la honestidad de lo que se muestra en relación a la realidad que se quiere dar a conocer, y con Trinta Lumes esto no podría ser más cierto.

Hace alrededor de 4 años, Diana, que nació en la costa gallega, tuvo la oportunidad de explorar una zona de Lugo en la que resultaba haber pueblos y casas totalmente abandonadas. Durante los dos primeros años, ella y Lara, la directora de fotografía, se acercaban a la zona en cada ocasión que sus atareadas vidas se lo permitía, mientras paralelamente conseguían reunir el dinero de las subvenciones para llevar a cabo el proyecto.

Lo curioso es que en esos dos primeros años, ni si quiera levantaron la cámara para grabar. En su lugar, se centraron en acercarse y comprender a esas personas y sus estilos de vida. Aprender cuando debían dejarles espacio, o de qué cosas podían hablar y cuáles no. Es un proceso largo y lento, pero el resultado, al igual que una buena pieza de artesanía, se acaba apreciando en el resultado final, la pantalla, y en la forma tan íntima en que se nos conecta con sus protagonistas, todos ellos habitantes de la zona.

 

El contraste entre la vida rural y la metropolitana

El ritmo al que nos tiene acostumbrados la ciudad, al menos las más pobladas, es radicalmente opuesto al de un pueblo. Nos cruzamos con cientos de personas que probablemente no volvamos a ver en toda nuestra vida. Vemos toda clase de gente ajetreada porque llega tarde a algún sitio, sea cual sea este. Luces, ruido y una vida marcada y encorsetada por los horarios y las obligaciones para con la acelerada sociedad. Donde lo que importa es llegar al destino de la forma más eficiente, rápida y cómoda, relegando el camino o el proceso en segundo lugar.

En el polo opuesto tenemos la cadencia que marca y guía la vida “en el campo“. Si habéis ido algunos días a vuestro pueblo natal o al de algún familiar, sabréis que prácticamente es como viajar a un mundo alternativo. Los habitantes en su mayoría se conocen entre ellos y se saludan cada vez que se cruzan (algo no muy difícil en aldeas pequeñas). Se sientan a hablar durante horas sin mirar al reloj, o hacen sus recados diarios de manera distendida e innata.

Pero por encima de todo, no existe esa necesidad de ser “máquinas productivas y eficientes” a todas horas. Como si la vida se nos escapase entre los dedos a cada segundo que pasa, mientras sin darnos cuenta, perdemos de vista las cosas esenciales de nuestra realidad. Irónicamente, en estos parajes apartados del “centro de la civilización”, nos encontramos con personas mucho más relajadas y conectadas con la vida y todo aquello que les rodea.

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Esta última visión que acabo de describir es la que dota a Trinta Lumes de esa honestidad y naturalidad que Diana ha plasmado tan bien en su obra. No trata de explicarnos una gran y compleja historia, sino transmitirnos la experiencia que tendríamos si ahora mismo nos subiéramos al coche o al tren y fuésemos hasta allí.

Un estilo de vida pausado y contemplativo, donde las cosas no operan a una velocidad acelerada como si sucede en la ciudad. De hecho, hay cosas que ni si quiera cambian, son permanentes, o nos dan esa sensación porque lo hacen a lo largo de las décadas y los siglos. Como los viejos y sabios castaños que habitan toda la región, cuyas hojas han visto nacer y morir a civilizaciones antiguas de todo tipo.

 

¿Pero cómo transmite esto a través de la cinematografía?

Si tenemos esta visión en mente, inmediatamente todo lo que compone a la película cobra sentido. Los largos y contemplativos planos de las mágicas montañas de O Caurel. Las naturales y vivas miradas de sus habitantes. O la cadencia de las tradiciones más arraigadas como por ejemplo preparar la comida de los cerdos, son aspectos que están justificados y que por tanto marcan su estilo narrativo.

Tal y como hacían los grandes directores japoneses, como por ejemplo Yasujiro Ozu, la naturaleza actúa como un protagonista más de este mágico viaje. Los cristalinos ríos o las verdosas montañas que habitan las tierras de Galicia también nos hablan. No es casualidad que Diana nos muestre como el viento mueve las hojas. O como la última luz del día se pierde detrás del horizonte.

Los elementos naturales guían el discurso que subyace detrás de las imágenes, y nos llevan de la mano de una situación a otra. Del mismo modo que las tradiciones viajan a través de la palabra, el tiempo y las muchas generaciones a las que se remontan. El agua, el viento o el fuego de las casas trascienden el ciclo de la vida y la muerte de las personas.

También quiero hacer mención al papel de Alba, quien siente una gran pasión por esas casas abandonadas y las vidas de las personas que las solían habitar. Una chica con un gran talento natural, que solo hace que acentuar y ensalzar el toque mágico del relato, y que por cierto, nunca antes había actuado. Su voz en off, que nos habla “desde el otro lado” durante el transcurso de la película, ayuda a crear ese espacio alternativo y mágico que está por todas partes.

Que no forma parte ni del mundo de los vivos o los muertos. Un lugar en el que se acaba perdiendo al final de todo mientras llama a Samuel, su mejor amigo. Desde allí, nos otorga un contrapunto a lo que vemos, y nos ayuda a comprender una cosa esencial. Nada de lo que ha existido en esas tierras desaparece para siempre. Es a través de las tradiciones, los recuerdos, las figuras en las rocas, o esos árboles con caras observadoras, que perduran a lo largo de los siglos.

Otra decisión muy acertada es el uso de los silencios y los sonidos que impregnan esas tierras. Si se hubiese optado por ahogar a las imágenes con una banda sonora innecesaria, la experiencia sensorial que se pretende ofrecer a través de la vista y el oído hubiese perdido toda su razón de ser.

Y es que en esencia, para disfrutar de Trinta Lumes no se trata de comprender en el sentido lógico de palabra, sino de sentir. Quiere mostrarnos los contrastes entre generaciones. Entre la naturaleza y la industrialización. Los que vienen y los que se van. Y por encima de todo, la vida y la muerte, que están por todas partes, presentes en las tradiciones y la naturaleza. En las personas y sus miradas que recuerdan con cariño y nostalgia a sus seres queridos. O en esos fuegos que calientan los hogares de las treinta personas que aún habitan O Courel.

Eduard Gómez Bao


Fuente de las imágenes: Web oficial de Trinta Lumes

 

 

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