Burning, Kingdom y el infierno surcoreano

Si algo tienen las películas coreanas, además de una gran calidad de producción y un estilo muy peculiar, es su misterioso y onírico universo cinematográfico.

Tienen la capacidad de narrar historias rebosantes de creatividad, que suceden en lugares aparentemente corrientes, pero en los que siempre tenemos esa sensación subyacente de que existe algo detrás de cada componente de su cinematografía. Cada diálogo, plano o fuera de campo esconden algo, pero nunca podemos llegar a discernir exactamente de qué se trata. Se nos sitúa en un plano entre realidad y sueño que dota a las imágenes de un aire onírico e irreal, pero que a la vez nos habla de temas que tocan muy cerca nuestra realidad.

En cierto modo me recuerda mucho al tipo de cine que se producía en España durante su edad dorada (Erice, Saura o García Berlanga), un cine rebosante de creatividad y que se nutría de la fantasía para esquivar a la dictadura, la censura y la crisis por la que pasaba el país.

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El espíritu de la Colmena (1973), de Victor Erice.

Desde que escapó de un régimen autoritario gracias a la elección de Kim Young-sam, Corea del Sur ha experimentado un crecimiento sin parangón basado en la mejora de la libertad de expresión, una fuerte inversión en su economía, educación y apertura al mundo, y sobre todo, una explosión de creatividad en todas las formas de su arte y cultura.

A partir de esa liberación hemos podido presenciar la aparición de grandes directores como Chan-wook Park (Old boy, La Doncella), Chang-dong Lee (Poesía y Oasis), Joon-ho Bong (Memories of Murder y The Host) o Ki-duk Kim (Hierro 3 y Primavera, verano, otoño, inviertno… y primavera).

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Old Boy, de Chan-Wook Park, fue una de las películas que dio a conocer el maravilloso cine coreano al resto del mundo.

Un aspecto también digno de mención del cine de este país es la forma tan directa en la que muestra la naturaleza humana. Muchos de sus directores no tienen reparos a la hora de enseñar temas sensibles como la violencia o la sexualidad de forma provocadora.

Pero uno de los temas principales de la filmografía coreana que quiero tratar en este artículo, es la crítica de la situación por la cual está pasando la sociedad coreana durante las últimas décadas.

Entre las nuevas generaciones existe un concepto que se denomina Hell-Joseon (Hell – infierno en ingles, Joseon – reino dinástico de finales del siglo XIV). Los jóvenes usan este concepto a modo de crítica para describir a su país, comparándolo con un infierno debido a su sociedad fuertemente jerarquizada y des-igualitaria (una estructura basada en el poder, la corrupción y los favores, no en la competencia). Esta estructura social proviene precisamente del periodo Joseon, de ahí que se mencione en el término.

A pesar de ser una de las grandes potencias económicas del mundo, el país arrastra multitud de problemas debido al crecimiento tan acelerado que ha experimentado durante las dos últimas décadas.

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Países como Corea del sur o Japón, han tenido un crecimiento económico abrumador que ha dejado a parte de su población atrás.

Una de las consecuencias es que Corea del sur es uno de los países desarrollados con mayor índice de suicidios por año, y esto incluye a personas de todas las edades. Los jóvenes deben afrontar una presión enorme desde pequeños con tal de cumplir las expectativas de la sociedad. Conseguir un buen trabajo y una familia son prioridades que están por encima de todo lo demás.

Por otro lado, las compañías se desprenden de la gente cuando llegan a cierta edad porque ya no son tan eficientes como una persona joven, lo que nos deja con una gran parte de la población desprotegida, sin ahorros suficientes para subsistir el resto de su vida y prácticamente incapaces de encontrar un nuevo trabajo.

Quien no es capaz de copar con eso, se acaba viendo apartado y rechazado hasta llegar al punto en que no ve ninguna otra salida a su infierno más que la muerte (Una película interesante, con un toque humorístico pero entrañable, que explora este tema y que podéis ver es Castaway on the Moon, de Lee Hey-jun).

No me malinterpretéis, Corea del Sur es un país con un excelente nivel educativo y un nivel de vida muy alto, pero el coste social que supone para sus habitantes su crecimiento hiper-acelerado está llegando a unos extremos insostenibles. Esta cara “mala” pocas veces la vamos a ver, y es algo que también sucede en otros países como Japón o China. A partir de los productos culturales que nos llegan desde allí a Occidente, tendemos a romantizar esas culturas sin percatarnos de que también tienen graves problemas que no son tan conocidos en el resto del planeta.

Un buen documental sobre este tema es el producido por el director de Oldboy, Bitter, Sweet, Seoul, que nos muestra esa cara más desconocida de la capital del país, muy lejos de esa visión idealizada que nos enseña el pop o los dramas coreanos, principales productos del país que nos llegan a occidente. Podéis verlo aquí mismo en Youtube con subtítulos en inglés.

He querido introducir todo este concepto porque creo que es necesario para entender las dos obras objeto de este artículo. La última película de Chang-dong Lee, Burning,

y una serie de televisión dirigida por Seong-hun Kim que Netflix acaba de lanzar, Kingdom.

(Os recomiendo ver ambas en versión original, sobretodo esta última ya que el doblaje en español deja bastante que desear).

Aunque a primera vista no parezcan tener nada que ver una con la otra, ambas tratan en esencia de lo mismo pero a través de distintas épocas y temáticas. Mientras que Burning sucede en la actualidad, Kingdom nos sitúa en el periodo Joseon, precisamente el momento histórico del que proviene el término usado para criticar la sociedad coreana a día de hoy.

Esta última ha sido todo un éxito en Netflix por otorgar un soplo de aire fresco a un género tan quemado en los últimos años como es el de los zombis. A pesar de que no tiene una cinematografía especialmente inspirada, ni unos diálogos fuera de lo normal, si que nos presenta una idea y una ambientación originales y prometedores.

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El género de los zombis hace unos años que se ha entancado y no ha sabido renovarse. Kingdom ofrece una visión distinta y fresca.

Pero dejando de lado su aspecto técnico, a lo que me quiero remitir es a como su temática se relaciona, no solo con Burning, sino con la situación actual del país.

Kingdom nos habla de una plaga que aflige a todas las clases por igual. Esta descubre los problemas que esconden las personas de todos los estratos de la sociedad, tanto de la aristocracia como del propio pueblo, situando a ambas en las mismas condiciones ante esta amenaza.

Se nos muestra lo mejor y peor de cada individuo, ya que los problemas que sufre la sociedad coreana (y cualquier tipo de organización social) afectan a todos los niveles de su jerarquía, sobretodo cuando esta se basa fuertemente en el poder y la corrupción, y no en la competencia.

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El príncipe heredero Yi Chang, perseguido por cosnpiración, es el único que realmente quiere salvar a su reino y limpiar la corrupción de la aristocracia.

Esto nos puede recordar también mucho al periodo Sengoku de Japón y del que tanto nos habló el famoso Akira Kurosawa (Los Siete Samurái). En aquel momento histórico del país nipón, las continuas guerras y conflictos hicieron que las estructuras sociales se acabaran disolviendo y que clases de la nobleza como los samurái se vieran obligados a hacer de granjeros o trabajar para la plebe con tal de sobrevivir. O también que en algunos territorios el pueblo derrocara a los señores feudales para tomar el poder en su lugar.

En Kingdom sucede algo similar. La infección al final acaba llegando a todos por igual, independientemente de su clase social, forzando a todo el mundo a unirse y cooperar con tal de afrontarla y conseguir sobrevivir.

Si esta serie nos habla del Hell-Joseon a través del apocalipsis zombi y las disputas de poder, Burning nos muestra las consecuencias aplicadas a la sociedad actual.

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Burning (2018), de Lee Chang-dong, es la ganadora del premio FIPRESCI en el Festival de Cannes.

Este film nos cuenta el punto de vista de un joven que precisamente es víctima de ese tipo de sociedad. Jong-su, que vive a duras penas, se encuentra con Hae-mi, una chica que solía vivir en el mismo vecindario que él y con la que tiene un encuentro sexual. Poco después, esta le dice que se marcha a África durante un tiempo y le pide que cuide de su gato. Al volver, Hae-mi le presenta a un chico que ha conocido durante su viaje, Ben, con quien parece tener algún tipo de relación íntima. A partir de aquí, poco a poco Jong-su descubre que Ben tiene una vida totalmente distinta a la suya.

Básicamente se nos trata de mostrar el resultado de las problemáticas que la sociedad coreana lleva arrastrando décadas. Jong-su, que no acabó sus estudios, al igual que Hae-mi, se sitúa en la parte inferior de la sociedad. Su vida se caracteriza por la incerteza y la angustia constantes. Por otro lado, Ben tiene una vida repleta de comodidades, dinero, relaciones sociales y serenidad. Precisamente todo aquello que Jong-su ansía. En tercer lugar, y como conexión entre ambos mundos, tenemos a Hae-mi. Una chica que también vive al mismo nivel que Jong-su, pero que al conocer a Ben ve una oportunidad para mejorar su vida.

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Steven Yeun, conocido por su papel en The Walking Dead, interpreta a Ben, un personaje misterioso que pertenece a la clase alta coreana.

La idea general de la película se puede entender a través de lo que Hae-mi nos cuenta que vio en África. Una tribu indígena describía dos tipos de hambre, la “Pequeña hambre”, que se refiere a la necesidad física de alimentarnos, y a la “Gran hambre”, que nos habla de la búsqueda de sentido en la vida y que experimentaban a través de un especie de danza de la vida.

Los tres personajes tienen algún tipo de esa “hambre”, ya sea de sentido en la vida (Hae-mi), de encontrar certeza (Jong-su), o de buscar cosas que satisfagan la necesidad de nuevos estímulos (Ben).

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Jong-su representa a una parte de las nuevas generaciones que se sienten apartadas e incapaces de conseguir aquello que se proponen.

Burning, en palabras del propio director, enfatiza en aquello que define el mundo contemporánea. Todo aquello efímero e incierto como lo material, las relaciones amorosas modernas o la belleza. Por eso, durante toda la película existen elementos que a veces son reales y a veces no, como el gato de Hae-mi al que Jong-su no consigue ver hasta prácticamente el final de la película. Pero por encima de todo, nos trata de hablar del momento histórico que estamos viviendo, tan caracterizado por una juventud que ha perdido todo sentido de identidad o certeza, en un mundo en el que las cosas son impredecibles y están en constante cambio.

Esto se transforma en ese “arder (Burning)” dentro de los distintos personajes, sobretodo del protagonista, que ve impotente como Ben, que pertenece a una clase social alta, tiene una vida totalmente opuesta a la suya sin ningún esfuerzo aparente. Este trata a Hae-mi como una simple distracción para si mismo y sus amigos cosmopolitas, que solo buscan algo con lo que entretenerse hasta aburrirse y pasar a otra cosa.

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Escena en la que Hae-mi muestra la danza de la vida que vio en África ante Ben y sus amigos cosmopolitas.

Hae-mi también representa a esa belleza efímera que tanto caracteriza a la cultura popular en los medios coreanos, como por ejemplos las populares bandas de pop. Cuando uno de esos grupos de rostros perfectos no funciona o pierde su fuelle comercial, siempre aparece otro que lo reemplaza como si se tratara de un mero producto que se fabrica en masa.

Por eso una vez Hae-mi desaparece misteriosamente, vemos como Jong-su, al ir a casa de Ben, se da cuenta de que la misma escena que tuvo lugar anteriormente con Hae-mi bailando, se está repitiendo, pero esta vez con una chica distinta, aludiendo a esa belleza como algo efímero y totalmente reemplazable.

Como el propio Lee Chang Dong comenta, esta película no solo se refiere a la sociedad coreana, sino al mundo entero. Los problemas social-económicos e incluso espirituales están a la orden del día, y personas de todos los estratos sociales tienen razones para “explotar”. Lo superficial, efímero y material ha hecho que perdamos de vista la sustancia, la conexión e incluso lo espiritual, poco a poco dejándonos por el camino aquello que nos define como humanos, y ambas obras nos permiten ver dos perspectivas de este mismo problema.

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